En 15 minutos

Colaboración de Claudio Gregoire, psicólogo.

Una vez le preguntaron al afamado sicoanalista Sigmund Freud sobre la normalidad. Lo que buscaban era una intrincada teoría sobre la psiquis del ser humano, y qué mejor que él para hacer un diagnóstico sobre este tema. Su respuesta, sin embargo, no solo asombró por su brevedad, sino porque en sólo dos conceptos englobaba un mundo de reflexiones e inteligencia. Freud dijo: una persona normal es aquella capaz de amar y trabajar.

Amar y trabajar… actos cotidianos y complejos que, sin lugar a dudas, sustentan al ser humano. Le dan su identidad y le permiten ser observados y evaluados por el resto. Y es precisamente en estos dos temas, donde la discapacidad se ve enfrentada al mayor de sus conflictos y desafíos.

Del amor en la discapacidad escribiré otro día, pues el tema da para mucho. Hoy me centraré en el trabajo.

El trabajo no es sólo un medio por el cual nos ganamos la vida. Es también un rol, un espacio y nuestro lugar en el mundo. Una actividad que nos permite ser alguien distinto dentro de millones de personas.

Pero el acceso al trabajo se ve obstaculizado para ciertos colectivos y minorías. Por distintas razones, en el mundo de la discapacidad –que es mi tema-, el mundo profesional no está lo suficientemente abierto. Un modelo cultural que instala la idea de que los discapacitados son personas a las que hay que ayudar por su incapacidad, ineficiencia y otras hierbas, va alejando de este grupo la posibilidad de desarrollarse y ser un aporte para la sociedad.

Aún aceptando que algunos discapacitados -los menos por fortuna- pertenecen y mantienen tal estereotipo, la gran mayoría no se aproxima ni comparte estos principios. Y son ellos quienes, contra obstáculos y barreras, emprenden su propia lucha por encontrar alguna profesión que les permita demostrar todas sus habilidades y competencias. Y así, gracias a su esfuerzo y decisión, poco a poco van convenciendo a su entorno inmediato de que realmente pueden valerse por sí mismos y ser eficientes en su trabajo.

Pero lamentablemente –y a pesar de todo lo que ya han avanzado y demostrado- su mayor problema se presenta a la hora de encontrar un empleo donde puedan expresar con acciones, todo lo que en teoría proclaman. Su convicción los avala; su rendimiento en la universidad también; su familia, amigos, compañeros y profesores están de acuerdo con sus habilidades pero… llegan a la cotidiana entrevista de trabajo.

¿Y qué pasa ahí? Que aunque todos quienes lo conozcan crean en él y sus competencias, en quince minutos es muy difícil, por no decir imposible convencer a un desconocido –el entrevistador, que refleja las ideas y prejuicios de toda una sociedad- de que aquella persona que está frente a él, y que evidentemente posee una discapacidad, tiene también otros defectos y virtudes… como todo el mundo…  y que esos defectos y virtudes pueden perfectamente ser compatibles con los defectos y virtudes de otros trabajadores de su empresa que no tienen discapacidad.

Son sólo quince minutos. Tal vez poco tiempo para convencer a alguien, para cambiar aquello que por muchos años ha creído como certeza. Es poco tiempo… sí… pero quizás también el tiempo justo para que una persona, en este caso un discapacitado pueda, desde el trabajo, entrar al mundo que describió Freud, y ser una persona normal.

Colaboración de Claudio Gregoire Pino, psicólogo y MBA especialista en Recursos Humanos. Ciego desde los 17 años, Claudio se ha dedicado profesionalmente al desarrollo del emprendimiento como actitud de vida. Es autor del libro “Puede ser un buen día. Una visión emprendedora para la vida” y del blog www.claudiogregoire.com

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