Este sábado finalizó el Festival de Viña del Mar. Y más allá de las luces, las cámaras, los puntos de rating y las antorchas y gaviotas repartidas, el balance deja un interesante tema de debate y reflexión: el denominado humor homofóbico que se instaló –y triunfó- en la Quinta Vergara.
En los medios, en twitter, en facebook se comentó el tema. Los puntos de vista iban desde la consideración de este tipo de rutinas como una incitación a la violencia contra las minorías sexuales, hasta su valoración como un recurso válido, reclamándose, por el contrario, la falta de sentido del humor y gravedad de quienes criticaron el espectáculo. Y entremedio todos los matices.
Personalmente, no me gusta este tipo de humor. Lo confieso y asumo el tag de “grave” si se quiere. Pero más allá de mi valoración de la comicidad de un determinado chiste, sí me parece interesante ver la efectividad (carcajadas) que produce, y la facilidad con que la caricatura de la diferencia se transforma en recurso cómico. Porque esta vez el uso y abuso se centró en la homosexualidad, pero no es la única diferencia que genera risas: peso, aspecto, forma de hablar, discapacidad, origen étnico… y un largo etcétera.
Y eso, sin duda, se ve de manera mucho más cotidiana que en un Festival con más de 40 puntos de rating y fuerte repercusión social. Se ve y se escucha cada día. En la calle, en la universidad, en el café de sobre mesa, en las copas del fin de semana… en cada ocasión en que juzgamos, caracterizamos, estereotipamos y nos reímos de alguien (y no con ese alguien) a partir de su diferencia. Desde su condición de “otro”.
Afortunadamente, las rutinas homofóbicas no pasaron inadvertidas. Se hablaron y discutieron. Comenzaron a despojarse de su “naturalidad”. Comenzaron a alejarse de ese espacio en que da lo mismo burlarse, caracterizar, estereotipar y reírse de la homosexualidad. Porque no, no da lo mismo. Y eso –ojalá- es un paso adelante.